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martes, 18 de mayo de 2010

Un tiro con mucha precision.


Él ha sido hombre de oscuridades. Así que a la medianoche alguien le quitó su libertad. Esa de que ha gozado los 69 años de su vida este sembrador de vientos y cosechador de tempestades, al que muchos han querido ver preso o, peor aún, muerto.
Del viernes para acá asombran igual quienes le desean que se pudra en los infiernos que quienes lo alaban por la doble hazaña de ser un viejo güevudo y un cabrón bien hecho. En el recuento de los primeros, le atizan por una larga cola de eventos: en el 88 cuando promovió la quema de los paquetes electorales que pudieron documentar el fraude de Salinas sobre Cuauhtémoc; luego cuando en pago a su solidaridad recibió 60 mil metros de terreno en Punta Diamante; en el 94 al rajarse como candidato a la Presidencia luego de ganarles el debate a Zedillo y a Cárdenas; ya en el zedillismo su apoyo al Fobaproa para asumir como deuda pública el quebranto por un millón de millones de pesos de los bancos; más tarde cuando el senador-litigante le quitó al gobierno foxista de su partido primero 1600 millones por devolución de IVA a Jugos Del Valle y luego 1200 de indemnización abusiva por unos terrenos a particulares. Maniobras que le dejaron al menos mil millones de pesos en honorarios para él y sus socios de despacho. Fue entonces que alcanzó el mote de El Jefe, porque no había pleito que no pudiera ganar.


En sentido contrario, se pronuncian también quienes han tomado nota puntual de sus proezas: el haber negociado, desde el Senado, la aprobación de una ley indígena que provocó el rompimiento del diálogo con el EZLN; al final de su periodo como factor clave para la promulgación de la llamada ley Televisa, que luego fue echada abajo por la Corte; pero sin duda alguna las gestas más celebradas por sus aplaudidores —que los hay— son la maquinación de los videoescándalos y el asesoramiento a los propietarios de El Encino, que intentaron frenar y luego desaforar a AMLO en la carrera por la Presidencia en el 2006.


Que no se engañen, ni nos engañen: trátese de secuestro interesado, levantón del crimen organizado, conflicto pasional o mensaje político de un grupo extremo; en cualquier caso, las pesquisas deben incluir a los señores Gómez Mont, Lozano Gracia y Hamdam, que junto con El Jefe Diego han amasado grandes fortunas en la doble y jugosa vía del litigio y la política. Nadie mejor que ellos saben sobre los enemigos de quien por cierto —y ante la flaca caballada blanquiazul— querían volver a hacer candidato a la Presidencia.


Por lo pronto, el tiro realizado desde la oscuridad ha sido de una precisión absoluta.
Ricardo Rocha.
*Articulista del diario "El Universal"

martes, 27 de abril de 2010

Arizona: a la cárcel por prietos.


Hace algunos años entrevisté a César Chávez, el legendario luchador social nacido y muerto en Arizona que agrupó a los agricultores de la mayor parte de Estados Unidos. Andaba a salto de mata y con orden de aprehensión. Lo ubiqué en un rancho, en algún lugar de California. Me impactó su personalidad: el pelo abundantísimo, todavía negro pero ya con una creciente competencia de canas; era un ser cuyo magnetismo se irradiaba a todo el cuarto aquel. Hablaba perfecto español, aunque de repente se le dificultaba un poco. Me relató su lucha, de cómo trataba de darle dignidad y un pago justo a quienes se quebraban el lomo de sol a sol en la siembra o en las cosechas. Pero de todo lo que me dijo, algo se me quedó para siempre. Cuando le pregunté cuál era el camino para ir conquistando el poder político, recuerdo que guardó silencio encerrado en aquel rostro pétreo e iluminado, hasta que me soltó: “¡La panza de nuestras mujeres! Porque mientras estos pinches gringos tienen uno y si acaso dos, nosotros aventamos de a cuatro o cinco. Es cuestión de tiempo y no ha de pasar mucho”. Chávez murió en 1993 y no andaba tan errado. Hoy la hispana es la primera minoría, ha sobrepasado a la negritud y en algunas zonas del país es franca mayoría.
También leí alguna vez que Mao Tse Tung —no sé si en el libro rojo— estableció que la única posibilidad de cambiar al imperialismo yanqui medía tres mil 300 kilómetros de frontera con México.


Pero yo no sé si alguno o ambos imaginaron que el precio sería tan alto. La ley promulgada por la gobernadora Brewer de Arizona sólo se asemeja a la alemana nazi cuando a los judíos les aterraba salir a las calles. Ahora los policías no únicamente podrán, sino que tienen la obligación de detener a cualquier sospechoso de ser ilegal, por su pura apariencia. Pero hay algo más, ya algunos idiotas que se quedaron en el pasón de Apocalypse Now están reclutando soldados y ex marines para formar milicias que salgan a cazar migrantes mexicanos. Junto a ellos, los pelirrojos de panzas cheleras llamados Minutemen son una recepción de santa closes.


Pero no es un chiste. Mil 259 mexicanos han muerto ya en el paso de Arizona. Qué bueno que el presidente Calderón se comprometa a defender los derechos humanos de quienes sean detenidos. Pero hay que hacer mucho más contra Arizona. Hay que boicotearlos comercialmente. Cancelarles vuelos. Hay que dejar de dar o tomar clases en sus universidades. Hay que romperles en sus narices los acuerdos de cooperación. Hay que declararle la guerra a Arizona.

Ricardo Rocha.